domingo, 5 de abril de 2020
Mauna Kea; la conocías?
La montaña más alta no es es Everest, sino Mauna Kea, un volcán en Hawaii que por estar sumergido en medio del pacífico pareciera ser 6,000 metros menor que el primero; sin embargo su altura alcanza los 10,205 metros de altura en total!
Cerebro de hormiga
Nuestro cerebro pesa aproximadamente 2 kg, lo que equivale a un 2% aproximadamente del peso total corporal en una persona sana.
Si comparamos esto con el cerebro de las hormigas, tenemos que el cerebro de ellas es de 0.3 mg, lo que representa un 6% del peso total de la hormiga... Es decir que, proporcionalmente, tenemos menos cerebro que las hormigas.
Si comparamos esto con el cerebro de las hormigas, tenemos que el cerebro de ellas es de 0.3 mg, lo que representa un 6% del peso total de la hormiga... Es decir que, proporcionalmente, tenemos menos cerebro que las hormigas.
Ejercicios de flexibilidad en casa:
La primer regla es que no debe existir demasiado dolor al realizar los ejercicios.
No los realices después de comer, deja pasar cuanto menos 40 minutos y es aún mejor si se realizan en la mañana cuando aún estamos en ayunas; esto contrarresta la rigidez matutina y ayudar a deshacernos de las toxinas acumuladas durante la noche.
Cada estiramiento debe durar entre 15 y 60 segundos y se deben hacer entre 3 y 10 repeticiones según sea el caso de nuestro cuerpo.
Puedes realizar un sólo ejercicio por día o todos cada vez. Lo importante es que no sobreestimules tus músculos, no lo realices directamente sobre el piso evita el ambiente el frío, mantén tu respiración de manera profunda y bebe suficiente agua después de las sesiones.
Primer ejercicio:
Sentado con las piernas estiradas, flexiona la rodilla izquierda y deslizar el talón hacia atrás de los gluteos. Mantén la pierna izquierda estirada e inclina hacia afuera la cintura (saca las pompis) descendiendo la parte superior del torso extendido sobre el muslo.
No los realices después de comer, deja pasar cuanto menos 40 minutos y es aún mejor si se realizan en la mañana cuando aún estamos en ayunas; esto contrarresta la rigidez matutina y ayudar a deshacernos de las toxinas acumuladas durante la noche.
Cada estiramiento debe durar entre 15 y 60 segundos y se deben hacer entre 3 y 10 repeticiones según sea el caso de nuestro cuerpo.
Puedes realizar un sólo ejercicio por día o todos cada vez. Lo importante es que no sobreestimules tus músculos, no lo realices directamente sobre el piso evita el ambiente el frío, mantén tu respiración de manera profunda y bebe suficiente agua después de las sesiones.
Primer ejercicio:
Sentado con las piernas estiradas, flexiona la rodilla izquierda y deslizar el talón hacia atrás de los gluteos. Mantén la pierna izquierda estirada e inclina hacia afuera la cintura (saca las pompis) descendiendo la parte superior del torso extendido sobre el muslo.
Segundo ejercicio:
Acostado con las caderas y rodillas flexionadas, eleva la pierna derecha; que la rodilla quede totalmente extendida. Estira durante 60 segundos y cambiar de pierna.
Tercer ejercicio:
Sentado con ambas piernas extendidas y separadas, respira profundo y manteniendo ambas piernas estiradas extiende la parte superior de la espalda. Inclina hacia adelante la cintura y llevar el tronco sobre la pierna izquierda. Mantén el estiramiento unos segundos y luego regresa a una posición cómoda para cambiar de pierna.
Cuarto ejercicio:
Acostado en el suelo, elevar las piernas sobre una pared buscando formar un ángulo de 90 grados. Observar que los glúteos toquen la pared y la zona lumbar descanse sobre el suelo. Estiran las piernas sobre el muro y mantente de esta forma por algunos segundos.
Quinto estiramiento:
Acostado bocarriba, lleva tus rodillas hacia tu pecho y jala lo más que puedas. Puedes sostener desde rodillas o desde tobillos realizando estiramiento en zona lumbar y glúteos. Mantén por varios segundos.
Espero que les sea de gran utilidad. Los espero ver pronto. Saludos!

Espero que les sea de gran utilidad. Los espero ver pronto. Saludos!

sábado, 4 de abril de 2020
Los estiramientos
En Masaje se utilizan diversos estiramientos debido a que ayudan a aumentar la flexibilidad de los músculos, evitan a rigidez en las articulaciones y la compresión de las vértebras, todo esto favorece la libertad de movimiento y previene lesiones musculares.
Los estiramientos antes de practicar cualquier actividad deportiva preparará al músculo para una respuesta más efectiva ante el esfuerzo.
Las actividades que suelen causar dolores de espalda son la bicicleta, carrera saltos y aquellos con movimientos repetidos a largo plazo como los trabajos en jardinería, bricolaje, conducción, las mudanzas, etc.).
Si ya existen dolores en espalda es recomendable elegir un deporte en el que los movimientos no sean bruscos y no se esté expuesto a bajas temperaturas.
Las actividades que suelen causar dolores de espalda son la bicicleta, carrera saltos y aquellos con movimientos repetidos a largo plazo como los trabajos en jardinería, bricolaje, conducción, las mudanzas, etc.).
Si ya existen dolores en espalda es recomendable elegir un deporte en el que los movimientos no sean bruscos y no se esté expuesto a bajas temperaturas.
ESTIRAMIENTOS LUMBARES- ABDOMINALES TANTO EN CASA COMO EN MASAJE
1° sesión
Empezaremos por la zona lumbar y psoas.
2° Sesion
Repetimos zona lumbar introduciendo nuevos ejercicios de estiramientos en isquiotibiales, lumbares y prosas
3° Sesion
Continuamos aún con zona lumbar pero habremos de complementar con el fortalecimiento de retroversiones lumbares que son los abdominales bajos y glúteos
Muy importante que en los estiramientos en casa tomemos en cuenta implementar la báscula pélvica
4° Sesion
Pasamos a estirar músculos de la zona cervical y dorsal, especialmente el trapecio.
5° Sesion
Repetimos zona cervical y dorsal
6° Sesión
En esta sesión habremos de trabajar el fortalecimiento de espalda donde la debilidad muscular provoca contracturas musculares.
miércoles, 1 de abril de 2020
Los inmortales. Jorge Luis Borges.
I
Que yo recuerde, mis trabajos comenzaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.
Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín de Tebas. Toda esa noche no dormí, pues algo estaba combatiendo en mi corazón. Me levanté poco antes del alba; mis esclavos dormían, la Luna tenía el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y ensangrentado venía del Oriente. A unos pasos de mí, rodó del caballo. Con una tenue voz insaciable me preguntó en latín el nombre del río que bañaba los muros de la ciudad. Le respondí que era el Egipto, que alimentan las lluvias. Otro es el río que persigo, replicó tristemente, el río secreto que purifica de la muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que su patria era una montaña que está del otro lado del Ganges y que en esa montaña era fama que si alguien caminara hasta el Occidente, donde se acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad. Agregó que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, ricas en baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo determiné descubrir la ciudad y su río. Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la relación del viajero; alguien recordó la llanura elísea, en el término de la tierra, donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados para la empresa. También recluté mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron los primeros en desertar.
Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantes, que tienen mujeres en común y se nutren de Leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena, donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano: en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que en esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la Luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas, otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines. Para reprimirlos, no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Hui del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En en alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.
II
III
Quienes hayan leído con atención el relato de mis trabajos, recordarán que un hombre de la tribu me siguió como un perro podría seguirme, hasta la sombra irregular de los muros. Cuando salí del último sótano, lo encontré en la boca de la caverna. Estaba tirado en la arena, donde trazaba torpemente y borraba una hilera de signos, que eran como letras de los sueños, que uno está a punto de entender y luego se juntan. Al principio, creí que se trataba de una escritura bárbara; después vi que es absurdo imaginar que hombres que no llegaron a la palabra lleguen a la escritura. Además, ninguna de las formas era igual a otra, lo cual excluía o alejaba la posibilidad de que fueran simbólicas. El hombre las trazaba, las miraba y las corregía. De golpe, como si le fastidiara ese juego, las borró con la palma y el antebrazo. Me miró, no pareció reconocerme. Sin embargo, tan grande era el alivio que me inundaba (o tan grande y medrosa mi soledad) que di en pensar que ese rudimental troglodita, que me miraba desde el suelo de la caverna, había estado esperándome. El Sol caldeaba la llanura; cuando emprendimos el viaje de regreso a la aldea, bajo las primeras estrellas, la arena era ardorosa bajo los pies. El troglodita me precedió; esa noche concebí el propósito de enseñarle a reconocer, y acaso a repetir, algunas palabras. El perro y el caballo (reflexioné) son capaces de lo primero; muchas aves, como el ruiseñor de los Césares, de lo último. Por muy basto que fuera el entendimiento de un hombre, siempre sería superior al de los irracionales.
La humildad y miseria el troglodita me trajeron a la memoria la imagen de Argos, el viejo perro moribundo de la Odisea, y así le puse el nombre de Argos y traté de enseñárselo. Fracasé y volví a fracasar. Los arbitrios, el rigor y la obstinaión fueron del todo vanos. Inmóvil, con los ojos inertes, no parecía percibir los sonidos que yo procuraba inculcarle. A unos pasos de mí, era como si estuviera muy lejos. Echado en la arena, como una pequeña y ruinosa esfinge de lava, dejaba que sobre él giraran los cielos, desde el crepúsculo del día hasta el de la noche. Juzgué imposible que no se percatara de mi propósito. Recordé que es fama entre los etíopes que los monos deliberadamente no hablan para que no los obliguen a trabajar y atribuí a suspicacia o a temor el silencio de Argos. De esa imaginación pasé a otras, aún más extravagantes. Pensé que Argos y yo participábamos de universos distintos; pensé que nuestras percepciones eran iguales, pero que Argos las combinaba de otra manera y construía con ellas otros objetos; pensé que acaso no había objetos para él, sino un vertiginoso y continuo juego de impresiones brevísimas. Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo, consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa.
Entonces, con mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises. Y después, también sin mirarme: Este perro tirado en el estiércol.
Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real. Le pregunté qué sabía de la Odisea. La práctica del griego le era penosa; tuve que repetir la pregunta.
Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé.
IV
Esas cosas Homero las refirió, como quien habla con un niño. También me refirió su vejez y el postrer viaje que emprendió, movido, como Ulises, por el propósito de llegar a los hombres que no saben lo que es el mar ni comen carne sazonada con sal ni sospechan lo que es un remo. Habitó un siglo en la Ciudad de los Inmortales. Cuando la derribaron, aconsejó la fundación de la otra. Ello no debe sorprendernos; es fama que después de cantar la guerra de Ilión, cantó la guerra de las ranas y los ratones. Fue como un dios que creara el cosmos y luego el caos.
V
Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto.
Los toros
Los toros no se enfadan al ver el color rojo. De hecho se sabe que son daltónicos y que es debido a irritantes que les vierten sobre los ojos y patas lo que les produce reaccionar de manera agresiva.
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